Ángel de la guarda

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Son las tres de la madrugada de un sábado de septiembre. El área de urgencias del hospital de mi ciudad no tiene mucho ajetreo. Algún caso de exceso de alcohol, unos heridos leves por una reyerta y poco más. Digamos que es una guardia tranquila para Elena. Y entonces llega el aviso de llegada de un paciente crítico. Entra  sin conocimiento y con evidentes síntomas de sobredosis. Su DNI dice que se llama Manuel y que tiene 22 años recién cumplidos. Es de complexión delgada, alto y va bien vestido. Viene solo. Llega en ambulancia, por una llamada del camarero de un conocido pub de la ciudad. El joven se ha caído redondo en medio de la pista. No acude nadie con él. El móvil, en su bolsillo, apagado. En la cartera hay 10€. Ya había comprado todo lo que consumió.

El personal de guardia realiza todas las pruebas a una velocidad increíble. A la hora ya saben que en sangre hay exceso de alcohol, algún ansiolítico y sobretodo cocaína. Las primeras 24 horas son críticas. Hay que reanimar. Hay que procurar que no haya secuelas. Recobra el conocimiento pero tiene la mente en blanco. Nada de nada. Elena comete el error (humano por cierto) de empatizar con el enfermo siendo ella enfermera. Está pendiente de su recuperación, dentro de su horario de trabajo y cuando éste finaliza, acude a interesarse por su recuperación los cinco días que está ingresado.

Cuando Manuel ya puede hablar, ella le insiste en que tiene que tratar esa adicción y debe curarse. Que en caso contrario, morirá sin remedio. Porque las drogas matan. Él sigue turbado, sin tener coherencia en los pensamientos ni en la memoria. El día que le dan el alta médica, vuelve en taxi a casa. Se mete en la cama y duerme dos días seguidos.

Cuando despierta, algo atolondrado, intenta organizar su mente. Sigue confuso y llega a la conclusión de que lo que le ocurrió fue una pesadilla, pero que no fue real. Hasta que observa que tiene una tirita en el brazo, que supone la prueba de cordura que necesita. Recuerda a Elena y como él se negó a escucharla. Como su discurso le molestó… quizás en exceso. “Yo controlo, solo es para divertirme. Para evadirme” – le reiteraba.

No pudo despedirse de ella. No pudo darle las gracias por cuidarle. Recuerda vagamente que ella le habló de una ONG que podía ayudarle. Nada más. Se levanta de la cama, desayuna. Antes de poner la lavadora con la ropa que había llevado esa noche, vacía los bolsillos. Un trozo de papel con un número de teléfono y una nota que dice: “puedes llamar, si cambias de opinión. Te ayudaré

Se sienta aturdido. La llama enseguida y le dice: “quiero vivir. Gracias

Han pasado dos meses y Manuel acaba de ingresar en el centro de desintoxicación que tiene la ONG. No sé cuanto tiempo necesitará para volver a ser una persona sana. Pero si es agradecido a la vida, sabrá reconocer el esfuerzo del ángel de la guarda que le tendió la mano cuando más lo necesitaba.

Me llevo un aprendizaje de esta historia que os he contado y que está basada en hechos reales. Identificar a nuestros ángeles de la guarda, reconocer su esfuerzo por cuidarnos, es saludable y necesario. Pero sobretodo, es de justicia ser agradecido con quién nos quiere bien, aunque a veces nos esforcemos en mostrarle que no les necesitamos. Porque somos orgullosos y nos creemos autosuficientes.

Buena semana,

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El tiempo que necesitas

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¿Cuánto tiempo necesitas para ponerte de mal humor y que se fastidie tu día? El justo para meterte en un atasco y no llegar a tiempo a la compra porque el súper ya cierra. El que tarda en llover cuando acabas de lavar el coche. El poco que transcurre cuando caes en que la caldera se ha roto porque no sale agua caliente cuando ya estás enjabonado en la ducha. El de esperar al retraso de salida de avión de vuelta a casa después de un fin de semana fantástico de desconexión. El de darte cuenta de que te han puesto una multa por aparcar donde no toca.

¿Cuánto tiempo necesitas para darte cuenta de que tu día está siendo genial? El justo para leer un whaspp con una buena noticia. El que tardas en digerir que por fin has acabado el máster que querías tener en tu currículum. El que pasas con una amiga, copa de vino en mano, planeando el próximo viaje porque has conseguido ahorrar para el billete. El  de comprobar que te ilusionas de nuevo, cuando pensabas que eso ya no podía volver a pasarte. El necesario para leer un informe médico positivo. El de una llamada de teléfono que te confirma un nuevo proyecto. El que compartes con un bebé que te ha robado el corazón.

Por tanto, y revisadas las opciones que tenemos, yo me quedo con la filosofía de esta canción de John Mayer, que se titula “New Light”, (aunque para mi gusto el video sea un poco torpe) y cuyo mensaje es que si tienes el tiempo necesario, puedes darte cuenta de que hay cosas increíbles por pasar y que pasarán si las buscas. Lo dicho, date ese tiempo porque lo mereces. Y si puedes, escucha la canción, es muy chula.

¡Buena semana de diciembre!

 

Revisa tu mesa de navidad

 

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Esta semana me ha llegado varias veces el anuncio de IKEA de Navidad. La primera vez me sorprendió, porque es diferente al de la lotería y también a otros que he visto estos días, que al final invitan a la reflexión sobre la calidad de nuestras relaciones personales, como el de un hijo que va oyendo las cintas de su madre fallecida, cada 24 de diciembre.

Este anuncio, sin embargo, propone el reto de hacer preguntas a todos los miembros de la familia que se han reunido para cenar. Todas las preguntas superficiales son acertadas por los interrogados. Pero cuando llegan las importantes, que demuestran si conocemos a los nuestros, como”¿Dónde se fueron tus padres de viajes de novios?” “¿Cuál es el grupo preferido de tu hijo?” “¿Qué sueño le queda a tu mujer por cumplir?”, el silencio siempre es la respuesta. Y la mesa se queda vacía porque todos los comensales han fallado las preguntas importantes. Al final, la empresa quiere hacernos reflexionar sobre la importancia de la familia, de nuestra gente. Sea cuál sea el formato que cada uno tengamos sobre ambos.

Este punto me parece buenísimo. Es verdad es que estamos enganchados, yo la primera. Instagram o Facebook son potentes pero Twitter también. A menudo, sabemos más de los políticos, famosos, que de los nuestros. A modo de ejemplo, sigo a una influencer que está retransmitiendo a cada minuto su reciente maternidad. Esta mañana me ha hecho pensar ¿es necesario que este momento tan bonito, tan íntimo para ti, sea público? ¿De verdad piensas que no te lo perdonaremos?lo siento pero no estoy de acuerdo.

Os propongo sacar de vuestra mesa de Navidad a las personas que no sumen. Os propongo revisar vuestros comensales. Seguro que alguno se ha auto invitado, pero que no aporta, no suma. Es mejor que se vaya antes de cenar. Educadamente ejercitamos nuestro derecho de admisión. Cuando finalmente hayamos elegido a quién invitamos a la cena de nuestra pequeña Navidad, a los que se han quedado les dediquemos tiempo de calidad, cariño y escucha activa. Y si estamos cansados, mañana dormiremos mejor, el tiempo no vuelve. No desaprovechemos la oportunidad de querer y sentirnos queridos por personas que quieran formar parte de nuestra vida.

365 días de cosas buenas

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He recibido esta imagen por varios sitios esta semana. Me ha hecho sonreír aunque considero que es muy superficial. Qué nuestra es esa, la obsesión de que las cosas tienen que pasar o dejar de pasar en los tiempos que nos marcamos: “tuve una mala semana, ese fue un mal año”… la verdad es que no estoy de acuerdo.

Además, qué típico es que pensemos en que siempre tengan que pasarnos cosas increíbles para que seamos más felices y nuestra vida sea mejor. Cada día nos suceden cosas buenas y cómo vamos rápido a todos lados, no las vemos. Las pasamos rápido  y no las valoramos lo suficiente, no las celebramos como toca. No damos las gracias por tenerlas y hay grandes prioridades (grandes pilares de nuestra estabilidad personal) que merecen un homenaje diario, como son la familia, el trabajo, los amigos, la pareja, la salud…

Pero si miramos un poco con la lupa, hay cosas más pequeñas por las que dar gracias cada día, como por ejemplo tener a alguien para salir a comer en nuestro día libre, poder acudir a una persona de confianza cuando lo necesitamos, que un problema hipotético no llegue a materializarse… y no lo valoramos, porque estamos siempre pensando en grande.

El otro día me propusieron un ejercicio para hacer durante 365 días seguidos. Requiere constancia. Pero creo que merece la pena intentarlo: coges un jarrón y cada día introduces un trozo de papel en el que hayas escrito lo mejor que te haya pasado en el día. Pueden ser logros pequeños como por ejemplo que alguien te prepare un estupendo plato de espaguetis o recibir la llamada de un amigo dándote una buena noticia. No hacen falta grandes hitos, porque los pequeños regalos de la vida también son importantes. Los beneficios de este ejercicio son dos… por un lado, creas el sano hábito de empezar a ser consciente de que todos los días tienen cosas buenas y las acabarás identificando de una forma natural. El segundo, la satisfacción de llegar al día 365 y releer todo lo bueno que ha tenido ese año.

Realmente puedo deciros que he tenido un buen año. Me han pasado muchas cosas buenas, muchas. Tantas, que seguro que ya tendría mi jarrón lleno si hubiera empezado a escribir el 1 de enero. Y el próximo será aún mejor, estoy segura, porque además asumiré el hábito de valorarlo cada día.

Buena semana a todos/as…

 

Las drogas también son para los ricos porque no pasan hambre

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Por motivos que no vienen al caso, en los últimos dos meses he tenido contacto con varias personas que están sufriendo las consecuencias de la droga. Testimonios que me han contado de una forma detallada, la pesadilla del entorno del enfermo. Como primero se han negado a sí mismos que podían tener cerca a un toxicómano. Tan cerca como su pareja, su hijo o su hermano. Y sin embargo un día, abren los ojos y descubren que ese familiar o amigo íntimo está sufriendo esta adicción. Y que si no recibe ayuda, inevitablemente morirá. Estremecedor porque como ellos mismos han confesado: “primero no lo ves y luego no lo quieres ver”

Estos testimonios describen patrones similares o idénticos en el enfermo. Síntomas evidentes como los cambios bruscos de humor, fallos de memoria, pérdida de peso o falta de apetito. Éstos van pronto acompañados de otras evidencias más relevantes como las relacionadas con el dinero, problemas en el entorno familiar o conflictos laborales. Y con el paso del tiempo, surgen otras adicciones como el alcohol o el juego. Primero hablamos de un consumo esporádico pero que engancha y se vuelve cotidiano, bajo la excusa del “yo controlo”. Se asilan socialmente, porque rechazan al que pueda descubrirles y acaban siendo los reyes de la manipulación y la mentira.

Estas personas cercanas tienen en común el dolor y la impotencia que sienten por la persona adicta, pero sobretodo la culpa. Se sienten culpables de haber consentido que ese ser querido cayera en las drogas. Se sienten mal por no haberlo detectado a tiempo, por no haberles dado un entorno propicio para evitarlo. Como somos ¿verdad? siempre acabamos asumiendo errores que no son nuestros.

Todos coinciden en que la única forma en la que un toxicómano puede salir de la droga es levantando la mano, reconocer que tiene un problema grave y que para superarlo necesitará ayuda. Y para que ocurra, tienes que dejarlos solos y si es necesario, en la calle. Imaginaros que duro debe ser para una madre, saber que su hijo duerme en un cajero, en Segovia, a cinco bajo cero y ella no puede (no debe) hacer nada, si él no quiere.

Los testimonios me decían esta semana pasada que el consumo está al orden del día y que “las drogas también son para los ricos, porque no pasan hambre” ¿sabéis por qué? Sencillo, una persona con las necesidades básicas cubiertas, lo tendrá fácil para usar el dinero en esta adicción. Una persona que pasa hambre, tendrá que usar parte de ese dinero que consiga para comer. Mantener a los enfermos en casa ayuda a matarlos.

Tengo que confesaros que cuando acabaron de contarme sus vivencias, me sentí incapaz de encontrar las palabras adecuadas para demostrarles mi empatía. No podía verbalizar las palabras de aliento adecuadas y que pudieran reconfortar. Así que pensé que la mejor demostración de respeto, cariño y admiración era mi silencio. Escuchar, acompañar y darles un abrazo, a veces puede ser el mejor consuelo.

Y ayudar, desde tu experiencia y lo mejor que sepas hacerlo, colaborando en alguna ONG o asociación que se dedique a la rehabilitación de estos enfermos, puede significar aportar un granito de arena para que este enfermo se salve.

Desde que he conocido un poco este turbio mundo, no he dejado de pensar en que la vida a veces nos pone pruebas muy duras y que no valoramos lo bien que estamos hasta que miramos alrededor. Como siempre dice mi padre “todos deberíamos pasar una temporada en un hospital para ser conscientes de las dificultades

 

 

La muñeca de trapo

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Franz Kafka es un autor de origen judío, nacido en Praga en 1883. Su particular obra literaria se caracterizó por el absurdo de las situaciones planteadas, todo lo cual ha dado lugar al término kafkiano, que alude precisamente a autores cuyas obras están influidas por Kafka y que presentan estas características. Su libro más conocido es La metamorfosis, publicada en 1915, que narra la historia de un hombre que se convierte en escarabajo, y del drama familiar que eso supone para su entorno.

Este autor tan peculiar me sorprende cuando leo que en 1923, mientras paseaba con su esposa por un parque de Berlín, se encontró a una niña que lloraba desconsoladamente porque había perdido su muñeca. El escritor intentó consolarla diciéndole que su muñeca no se había perdido, sino que había ido de viaje.

Cuando la niña, desconfiada, le preguntó que cómo lo sabía, él le contestó que había recibido una carta de ella, pero que no la llevaba encima. Acordaron que al día siguiente, a la misma hora, le llevaría la carta.

Kafka se convirtió así en el “Cartero de muñecas” y mantuvo la ilusión de la pequeña durante un par de semanas. Cada día le llevaba una carta distinta, enviada desde diferentes ciudades: Londres, París o el propio Berlín. Kafka le leía en voz alta las cartas, que consigueron crear el consuelo en la niña, preparándola para un desenlace menos trágico. En su última carta la muñeca le aseguraba a su amiga que se iba a casar:

“Tu misma comprenderás que en el futuro tendremos que renunciar a volver a vernos”

Después de todo este proceso, la niña había evolucionado emocionalmente y fue capaz de asimilar la pérdida de su amiga de trapo. En su último encuentro, el escritor le regaló otra muñeca, diferente a la original con una carta que en la que le dijo que sus viajes la han cambiado.

A estas alturas la niña ya era otra, así que no le fue tan difícil tolerar ese vacío, y aprendió, de una forma natural, que la vida te trae personas que te llenarán y de las que aprenderás, te forjarán para llegar a ser mejor persona. También forma parte de un proceso natural que esas personas nos dejen. Es la vida.

Cuando aún no eres adulto, la marcha de un ser querido tan cercano, como puede ser un progenitor o un abuelo, puede producir un dolor infinito y necesitamos hacer nuestro proceso de duelo, para asumirlo y comprender que la vida sigue. Tengo cerca personas que ese proceso no lo han hecho y, a fecha de hoy, siguen sin poder hablar de esa pérdida de una forma natural. La vida no te prepara para pasar estos trances … ojalá pudiéramos vivirlo del mismo modo que lo hizo la niña de la muñeca de trapo.

¿Qué ves primero?

Disabled person with prosthesis on his leg playing with baby

Como gran admiradora de las personas honestas, sinceras, francas y nobles, estaba claro que la serie “The Good Doctor”, tenía que gustarme mucho. Su protagonista es un joven cirujano residente con autismo y síndrome de Savant, conocido también como el síndrome del sabio. Estas enfermedades causan, a quiénes las sufren, graves dificultades para mantener relaciones sociales normalizadas. Sin embargo, el médico tiene mucho talento y es contratado en un prestigioso hospital de EEUU. Su reto es llegar a ser un médico más del equipo de pediatría.

En uno de los últimos capítulos, el doctor habla con un paciente en silla de ruedas, víctima de un accidente de tráfico. Ambos comentan las razones por las que uno y otro son personas que merecen la pena. En un momento de la conversación, el doctor le pregunta: “¿siempre fuiste así? ¿Ya eras así antes de ir en silla de ruedas?”. El señor le contesta, de una forma muy hábil: “¿quieres decir que tu autismo te ayudó? ¿Qué esta silla me hizo mejor persona? La diferencia está en que deshacerme de ella (refiriéndose a la silla) no me hará olvidar las lecciones que aprendí”

En otro momento de la misma conversación, el paciente le dice: “¿Sabes qué es lo peor? No es estar así, es que la gente ve la silla primero. No me ven a mi. Nosotros perdemos tiempo y energía demostrando que valemos”

Esta conversación es profunda. Es seria. Tiene mucha miga. Cuantas veces hemos visto a personas con alguna discapacidad, y las miramos con lástima. Yo soy la primera que lo hago. Aunque no digamos nada, nuestros ojos, nuestro comportamiento es de manifiesta incomodidad. No sabemos como tratarlas. No estamos preparados. Vemos primero la silla de ruedas, vemos primero el bastón del ciego, vemos primero los gestos exagerados e incontrolados de las personas con problemas graves de movilidad, los sonidos guturales o gritos de personas que sufren enfermedades mentales y con sordera, pero no vemos que detrás de esa primera impresión hay una persona que sufre, que quiere ser vista como un igual.

Y como sociedad se nos llena la boca al decir que hay que ser inclusivos. Pero no lo somos. Cuando vemos a una mamá con carrito de bebé, si nos pide ayuda para subir las escaleras, lo hacemos gustosos y no cambiamos el semblante. Cuando nos topamos con una anciana cargada con una bolsa, que nos pide ayuda porque ha empezado a llover, le ofrecemos el brazo sin pestañear. Es sentido común y educación, sin más.

Pero en los casos de personas con discapacidad, les pedimos un plus para que demuestren que pueden aportar más que la primera impresión. Ayer veo en el telediario que Inserta Empleo, la entidad de Fundación ONCE para la formación y el empleo de las personas con discapacidad, presentó este miércoles en Madrid la tercera edición de la campaña ‘No te rindas nunca’, que se inició en el año 2013 para favorecer la inclusión de jóvenes con discapacidad y que ya ha ayudado a 6.900 personas a incorporarse al mercado laboral.

Su director general explicó que la tasa de paro de estas personas es el doble que el de una persona sin discapacidad. Muestran el ejemplo de dos personas con discapacidad severa, ambas con formación universitaria y master, que tuvieron una oportunidad laboral y que se han dejado la piel para mantener ese puesto de trabajo. Bravo por ellas, toda mi admiración y respeto. Lo que me enerva es que tengan que salir en las noticias. Debería ser normal que todos podamos acceder al empleo, se llama igualdad de oportunidades.

Pero la inserción, la inclusión va más allá del mundo laboral. Va de relaciones sociales, va de tener todas las oportunidades personales y sociales que el resto de la población, como conocer a una persona con discapacidad y enamorarse de ella sin que sea un hito, como ser hijo de una persona ciega y que no sea un drama, de poder ir a un concierto en un recinto que esté preparado para todos y no tener que estar investigando previamente si esa persona estará cómoda, de poder practicar un deporte con previsión de accesibilidad sin que sea imposible. Os invito a que viajéis con una persona en silla de ruedas. No os imagináis la cantidad de barreras que hay que sortear para que el viaje le resulte cómodo.

Señores, nos queda mucho para ver más allá, para ver con el corazón. Demasiados prejuicios, demasiado superficiales. ¡Buen fin de semana largo!